RAMÓN CANO MANILLA, UN ARTISTA MARTINENSE🚨 (Recuerdo 1/2)
Por Nazario Romero Díaz
Martínez de la Torre tiene varios hijos distinguidos, pero pocos han alcanzado la fama en el ámbito internacional como la que logró un humilde campesino que, como artista del pincel, pudo escalar las alturas para colocarse entre los genios del arte de la pintura.
Nos referimos a don Ramón Cano Manilla, quien viera la luz en la comunidad de El Cañizo el 22 de diciembre de 1888. Sus padres, don Juan Cano Zurita y doña Rosalía Ávila de Cano, eran modestos campesinos acasillados en la hacienda Perseverancia, pero se fueron a vivir a Hueyápan, Puebla, en busca de mejores horizontes. En la escuela de Hueyápan, Ramón Cano estudió su primaria y a los once años de edad retornó a Martínez de la Torre para dedicarse a las faenas del campo, domando potros broncos y al trabajo de vaquero en varias haciendas. Cuando tenía dieciséis años el inquieto joven dejó el hogar paterno para iniciar una aventura llena de peripécias y amarguras. Había descubierto su vocación por la pintura y las letras aún cuando no tenía la debida preparación escolar.
Con su férrea voluntad, se fue a Valle Nacional, Oaxaca, con el propósito de pintar y escribir un libro que tituló “Prisiones del Valle Nacional” con narraciones ilustradas vividas por el autor sobre esa prisión, famosa durante la dictadura Porfirista, en la cual estuvo preso intencionalmente para lograr su fin. Terminado su libro, Cano Manilla logró fugarse para retornar a Martínez de la Torre, e ingresar como vaquero a la finca de Almanza, municipio de Atzálan. Ahí, en sus ratos y noches libres continuó sus prácticas de dibujo y pintura, sin orientaciones, sin maestros y sin materiales, sólo con su voluntad y vocación por esa expresión de las bellas artes. Con lápices de carbón pintaba todo lo que veía y se imaginaba, de manera rústica.
La finca de Almanza contaba con siete mil hectáreas de cultivos agrícolas, ganado y caña de azúcar, así como un ingenio azucarero; era propiedad de don Manuel Zorrilla, rico español que radicaba en Teziutlan.
Increíble, pero cierto, de la finca de Almanza salió el gran artista del pincel, años después, para lograr con el tiempo colocarse entre los gigantes de la pintura, llegando incluso a conquistar la crítica favorable de sus obras a nivel internacional.
A la edad de veintidós años, en 1910 cuando estallaba la Revolución Mexicana, Cano Manilla inició su carrera de pintor, cuando en Almanza las autoridades escolares recurrieron a él para que pintara el escudo nacional en dos banderas recibidas en donación. Como en ese lugar no había materiales para ese trabajo, Ramón dibujó el escudo en los lienzos con carbón vegetal. Almanza era más grande y más importante que Martínez de la Torre en aquel tiempo.
Como la vida le era monótona, en 1920, ya casado y con hijos, deja su familia encargada a su hermano y se traslada a la Ciudad de México y se inscribe en la Academia de San Carlos, logrando quedarse como alumno. Posteriormente pasa a la Escuela Libre de Coyoacán y pronto se convierte en el alumno más aventajado, y pronto también recibe el nombramiento de profesor de dibujo que le extiende el Secretario de Educación Pública, licenciado José Vasconcelos. Así, el martinense inició en otro nivel su larga carrera de éxitos en el difícil y complejo arte de la pintura.
Se dedicó a pintar y pintar, como era su obsesión. Los críticos profesionales del arte alabaron sus obras, las cuales llegaron a cotizarse en muchos miles de pesos y hasta en dólares, ya que sus cuadros ocuparon espacios en las galerías de varios países, como Estados Unidos, Francia, Suecia, Estocolmo, etcétera.
Y uno de los paisajes al óleo creados por el ranchero de Martínez y vaquero de Almanza es “El Globo” que ha sido impreso en los billetes de la Lotería Nacional y en los libros de texto que edita la SEP.
Se trata de un paisaje de gran colorido, captado y plasmado por el artista que contiene hasta los mínimos detalles que pueda percibir el ojo humano, ligados con una estupenda combinación de colores vivos y naturales, jamás logrados por otro pintor, incluyendo a los gigantes de esa expresión del arte.
Ramón Cano Manilla debe ser y es orgullo de Martínez de la Torre. Lo es para los que reconocen la estatura del artista y conocen su trayectoria surgida de la pobreza, y lo debe ser para las nuevas generaciones que ignoran de la vida ejemplar y el éxito alcanzado por el nativo del Cañizo.
Gráficas tomadas de un libro de texto de la SEP.