EL PAN Y LOS PANADEROS.

Martínez de la Torre, Ver. Indispensable en todos los hogares (y fuera de ellos) el pan ha sido y sigue siendo el alimento milenario, rico y sabroso que a través de muchísimas generaciones ha mantenido su vigencia, pese a los múltiples avances de la modernidad. El pan se menciona hasta en las sagradas escrituras que citan a Jesucristo multiplicando milagrosamente el alimento para miles de personas. La hermosa oración del Padre Nuestro de la religión católica invoca al señor: “danos hoy nuestro pan de cada día”. Hasta el tañer de las campanas parecen decir pan… pan… pan…
En la mitología griega PAN es el Dios de la vida campestre y de los pastores, representado con busto de hombre y con cuerpo de macho cabrío.
Muchos son los proverbios que han surgido en torno al pan: “pan del saber” “al pan, pan; y al vino, vino”… “que con su pan se lo coman” “pan comido… más bueno que el pan”… Hasta nombres y apellidos llevan las letras: Pancracio, Pantaleón, Pantoja, Pánfilo, Pancardo, etc.
La forma ancestral de su elaboración sigue respetándose en las pocas panaderías que siguen usando tahonas (hornos de leñas) para la elaboración del pan, igualmente en la preparación del mismo, amasando la harina con los demás ingredientes naturales con las manos, los brazos y los pulmones. En la actualidad, la mayoría de las panificadoras utilizan hornos de gas, amasadoras, revolvedoras y porcionadoras mecánicas que permiten agilizar el trabajo y obtener mayor producción a menor costo, en detrimento del sabor original.
En los años cuarentas, en Martínez de la Torre trabajaron la tahona para producir ese indispensable alimento que tuvo y tiene gran demanda, entre otros, don Leonardo López, don Narciso González, el señor Carranza, que también hacia dulces; don Juan Bello, cuyo hijo Carlos siguió ejerciendo hasta el fin de sus días, el honroso trabajo de panadero creativo; otro que destacó trabajando la harina era don Beto Guzmán, dueño que fue de la famosa y desaparecida Panadería “La Flor”.
En aquellos tiempos, había en el pueblo decenas de panificadoras y centenares de panaderos, artesanos hábiles y creativos, sin contar a quienes venían a vender de Tlapacoyan y Misantla, pueblos que fueron famosos (y lo son) por el excelente pan que elaboraban y distribuían.
Don Antonio Landa, quien había sido maestro y comerciante, también era panadero, lo mismo que don Aureliano Ortiz, quien dejó el palote y la charrasca para dedicarse a vender cajas de muerto. Otro panadero fue don Samuel Rojas, dueño de la panadería “El Cometa” que se ubicaba en la avenida Ocampo, entre Bravo y Abasolo. Don Timoteo era dulcero y panadero; su negocio “El Oasis” estaba en Bravo y Ocampo; hoy son locales comerciales en renta.
La panadería es la madre de la repostería y la pastelería, porque surgieron de ella para conquistar también el gusto de la gente, que no la necesidad de comer el pan blanco o dulce, en su gran variedad de vistosas presentaciones que despiertan el apetito.
El pan lo trajeron los españoles durante la conquista. Bernal Díaz del Castillo nos dice que el pan de los indígenas era la papa hervida. El horno o tahona, la harina, azúcar, sal, levadura, el huevo y otros ingredientes, así como la pala de madera, el palote, la charrasca, son los utensilios para producir ese alimento de ricos y pobres, logrado con la destreza y creatividad de quienes ejercieron y ejercen esa industria de la transformación que ha sobrevivido por los siglos de los siglos.
Por Nazario Romero Diaz

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