📖 UNA RESEÑA EVOCADORA 📖

NAZARIO ROERO DIAZ
Pocas son las personas que vivieron (y sobreviven) los tiempos a que nos vamos a referir en el presente relato, en el cual tratamos de evocar con nostalgia el acontecer de este rancho grande que fue (y sigue siendo) Martínez de la Torre, paso obligado entre la sierra poblana y la costa del Golfo de México. Estamos en las décadas de los años cuarentas y cincuentas, cuando se inició la transformación de este municipio.
EL DINERO.- En los cuarentas no habían llegado aún las sucursales bancarias. El dinero se movía en efectivo en todas las transacciones comerciales. Los agricultores y ganaderos, (muchos calzaban huaraches) luego de vender sus productos, depositaban su dinero en las tiendas de su confianza. Ahí los daban a guardar; otros enterraban sus recursos en lugares secretos que se llevaron a la tumba. Los primeros corresponsales bancarios fueron los señores Héctor Martínez, Pedro Manterola y Manuel Villaseñor, hasta la llegada de la primera sucursal bancaría, que fue el Banco Comercial de Puebla, ubicado en los bajos del Hotel Granada, en la esquina de Ávila Camacho y Allende. Rubén Galván fue uno de los primeros gerentes de esa institución.
EL COMERCIO.- Todo lo que se consumía en la población procedía de Teziutlán, que fue la capital del comercio en la región. Los tenderos eran revendedores de segunda o tercera mano. Hacienda Federal cobraba el 18 al millar por concepto de Ingresos Mercantiles, y no lo pagaba el consumidor sino el comerciante.
LA MODA.- Vaporosas crinolinas, como paraguas, vestidos abajo de la rodilla con botonaduras hasta el cuello lucían las mujeres, y muchas con tobilleras, zapatillas de tacón alto y muy puntiagudas. Los hombres vestían pantalones “pachucos”, como embudos (que puso de moda Germán Valdés “Tin Tan”) con pinzas o pliegues.
Posteriormente llegó la moda de los pantalones “acampaguados”.
El saco era de grandes y anchas solapas y casi hasta la rodilla y la corbata también ancha. Los jóvenes y los maduros eran de melena y de grandes patillas. Muchos viejos pudientes lucían barbones, como los abogados del siglo XIX.
LOS BAILES.- Dos clases de bailes se celebraban en el pueblo; los de gala, de rigurosa invitación, con bastonero que anunciaba la llegada de las familias (ellos fueron Pepe Madrid y Manuel Mirón) al evento. Los hombres pagaban su entrada y las damas, gratis.
Eran los bailes pomposos al estilo de la “monarquía” porfiriana, francesa o española (herencia de la Colonia y de la Intervención). Los bailes populares, para el infelizaje, eran de “rascapetate”.
LA POLÍTICA.- En el tiempo a que nos referimos gobernaron a los martinenses Juan de la Rosa, Roberto Grajales, Claudio Couturier y Miguel Melgarejo; entonces los ayuntamientos fungían durante dos años. Era el alcalde con su respectivo séquito el invitado de honor en cualquier festejo. Era el pontífice, el número uno, el patriarca, el consejero, el juez, el padre de familia; respetado, apreciado y obedecido. Nadie le faltaba al respeto (como en la actualidad en que hasta al presidente de la República lo traen por la calle de la amargura en las redes sociales).
LA INDUSTRIA.- En el pueblo floreció la industria de las aguas gaseosas que elaboraban los Belli y los Parada, entre otros que escapan de la memoria del que escribe; también abundaban las tabiqueras y panificadoras que se contaban por decenas. A todos y a todas les iba bien porque en todos los tiempos el mejor negocio es explotar el hambre y la sed.
LAS CASAS DE FAROL ROJO.- Casas de citas (que así llamaban entonces a los burdeles) había varias en el pueblo, pero la más concurrida era la de doña María, ubicada en la avenida Llave. La señora solo atendía a clientes distinguidos y funcionaba desde muy temprana hora cuando las señoras salían de sus casas para el “mandado”, pasaban con doña María para concertar “chambas”. Pero pronto proliferaron los antros por toda la avenida Ocampo, desde el centro hasta la salida del pueblo, hacía San Rafael. Los burdeles y las cantinas se contaban por decenas. Para entonces ya había llegado el Ingenio Independencia, cuyos obreros y empleados, productores de caña y transportistas llenaban los tugurios dejando en ellos sus “rayas”. Y como la situación era de vergüenza, las autoridades determinaron crear la zona roja en las lomas de El Mirador, donde los centros de vicio funcionaron exitosamente hasta la llegada de los teléfonos celulares que dieron muerte a los prostíbulos dando pie al surgimiento de los actuales moteles.
LAS PARTERAS.- Muchas personas nativas de este pueblo, nacidas antes o durante los años cuarentas, fueron atendidas por parteras empíricas, pero eficaces en los trabajos de parto. Las matronas les quitaban las clientas a los pocos médicos que había entonces. Una de esas era doña Amalia Beuret, que tuvo fama de buena partera; cobraba lo que le quisieran dar, o nada, si la parturienta era de pobreza extrema. Muchos niños que después fueron o son adultos, pasaron por las manos expertas de matronas. En la actualidad, un parto cuesta arriba de diez mil.
LA MUSICA Y EL ARTE.- Los hermanos Rosales, don Higinio Núñez, don Fidel Vargas, don Manuel Navarrete, entre otros, fueron músicos de las orquestas y de la banda municipal que existieron en tiempos pretéritos. También había circulo literario de lectura y poesía entre la clase alta, principalmente los hacendados amantes de las letras. Otro grupo famoso del arte circense funcionó durante breve tiempo en este pueblo.
EL PREMIO MAYOR.- Martínez de la Torre obtuvo el premio mayor de la lotería política cuando don Manuel Ávila Camacho asumió la presidencia de la República en 1940. Poco después compró la hacienda “La Providencia” demostrando el gran cariño que tuvo a esta región que había permanecido olvidada por los gobiernos federal y del Estado. Pronto, el pueblo tuvo ingenio azucarero, energía eléctrica, banco ejidal, puente, carretera y mucho más que permitieron la transformación.
EL CAMPO.- Al inicio de la década de los cuarentas, el municipio producía plátano, tabaco, maíz, vainilla y ganado. Los ejidos que habían sido creados apenas empezaba a producir. A falta de vías de comunicación, los campesinos pobres tenían que sacar sus productos en bestias de carga (burros y caballos) o echarse los costales al hombro para comercializarlos en el pueblo. Entonces todavía se carecía de maquinaria agrícola. Los implementos de labranza eran el azadón, el machete, el hacha, el espeque y la yunta. No habían llegado los tractores, porque los precios estaban fuera del alcance de los agricultores.
LA EDUCACIÓN.- En los tiempos a que nos referimos en este relato evocador, solo existía en el pueblo una escuela (la Patria), cuya mayoría de egresados tenía como destino el machete y el azadón para ganarse la vida en el campo. Los pocos alumnos que podían se iban a Teziutlán, al Liceo, porque aquí no había escuela secundaria, o bien ocuparse de una tienda como “dependiente” o como aprendiz de algún oficio, como zapatero, peluquero o panadero.
EL BIKINI.- La sociedad puritana de aquellos tiempos se alarmó con la aparición de la prenda íntima, el bikini, que las muchachas más atrevidas usaron en los balnearios playeros; la prenda no era tan diminuta como lo es ahora y fue bien recibida por los hombres. El bikini sustituyó a la pantaleta y la pantaleta al blúmer, que usaban las damas conservadoras en los tiempos de “don Simón”, cuando los pantalones eran prendas prohibidas para la mujer. A la dama que se atrevía a ponerse la prenda le decían “machorra”.
La prendas masculinas (que ahora también son femeninas), se llaman pantalones, porque cubren de la panza hasta los talones. El sastre que elabora esas prendas tenía fama de incumplido, y cuando el cliente acudía por esa prenda de vestir solía decirle “ya mero los termino, solo falta el culo y las dos piernas”.

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